PERLORA UNA CIUDAD DE VACACIONES
Que puedo escribir yo para decir mejor lo que he sentido este fín de semana cuando he ido a visitar la Ciudad de Vacaciones de Perlora en Asturias y he visto el desastre y el abandono de un patrimonio que, si bien formó parte del hito del paternalismo social del franquismo, supuso para muchos obreros (productores les llamaban entonces) y sus familias, la posibilidad de disfrutar de unas vacaciones fuera de su entorno habitual que, en aquellos años cincuenta, y sesenta del pasado siglo XX, se limitaba a las orillas de los ríos interiores, fiambrera, tortilla de patatas y filetes empanados con pimientos o la gran paella, el dieciocho de julio después de cobrar la paga extraordinaria. Yo lo conocí, fuí en dos ocasiones, un verano con mis abuelos Bernardo y Cesárea en la antigua Residencia y otra con ellos y mis padres y hermano en uno de los Chalets. Fueron experiencias, de niño, y adolescente inolvidables.
Voy a compartir las fotos de este desastre para que se pueda ver la dejadez de algunos y su insensibilidad ante un bien público tan aprovechable, aún, para tanta necesidad que surge de estos tiempos que corren.
Reproduzco aquí también dos artículos que he encontrado por Internet que cuentan la historia de este sitio y los sentimientos, que comparto, sobre su estado y futuro.
INE.ES
“La que fuera ciudad de productores, ciudad sindical, o ciudad jardín es hoy una ciudad sin dueño, con calles completamente abandonadas, zarzales que invaden antiguos jardines o edificios en ruina con ventanales rotos por los que se cuelan cortinas desgajadas como si alguien pidiera auxilio desde el interior. No es precisamente la televisiva «Asturias, paraíso natural», salvo que en la próxima campaña turística se anuncie su reconversión como guarida del oso Yogui.
Hubo un tiempo, no obstante, en que sin ser la Arcadia prometida, Perlora acogía más de 2.000 veraneantes por turno, daba empleo a decenas de asturianos y gracias a su influencia se desarrollaba una notable economía en el sector servicios de la zona. Todo eso desapareció entre sorprendentes experimentos de gestión como la de acoger una supuesta Universidad china. Tras echar el cierre de la ciudad, las autoridades regionales, después de presentar en Candás un plan virtual en 2007, siguen a día de hoy sin darse por aludidas acerca de las obras prometidas y concedidas a una sociedad. Ésta, según han confirmado este mismo fin de semana fuentes municipales, «aún no ha respondido» a los requerimientos de la Corporación sobre los detalles exigidos para definir el Plan Especial de Reforma Interior (PERI) previsto para el complejo.
Si nadie lo remedia, y a la vista del constante deterioro, es posible que incluso la protección prevista por el Servicio de Patrimonio Histórico y Cultural de Asturias que obligaba a respetar algunos edificios dentro del PERI también se vea amenazada.
La construcción del complejo en 1954. A mediados del siglo pasado, una gran parte de los vecinos de la parroquia tenían sus fincas de labranza en la planicie costera conocida como Llanos, siendo éste el lugar elegido por la Delegación Provincial de Sindicatos tanto por su belleza paisajística como por su buena comunicación para edificar el complejo vacacional. De modo que fueron adquiridos o expropiados 350.000 metros cuadrados que se hallaban distribuidos en 129 parcelas, de 182 propietarios y colonos.
El primer edificio en construirse por la Organización Sindical fue el de la residencia familiar de Educación y Descanso, denominada posteriormente Jacobo Campuzano. Comenzó a funcionar el 1 de julio de 1954, aunque se inauguró el día 18 del mismo mes. En aquella temporada veraniega disfrutaron de las instalaciones 1.800 productores de las distintas provincias españolas.
A éste siguieron los primeros chalés, de modo que los servicios técnicos de Arquitectura de la Obra Sindical del Hogar redactaron los proyectos básicos de urbanización de la ciudad (calles, agua, alumbrado, red eléctrica?) junto a un grupo de jóvenes arquitectos, que aportaron los distintos modelos de chalés, aproximadamente una docena, entre los que podían elegir los constructores.
El precio de cada uno de ellos en 1956, independientemente del tipo y con una distribución interior similar, alcanzaba las 55.000 pesetas y la empresa adquirente los podía o bien construir directamente, también por subasta o concurso, o solicitar su construcción al sindicato en que estuviese encuadrada abonando anticipadamente el importe mencionado. En ese año, de las 200 edificaciones previstas con un valor global de 11 millones de pesetas ya había comprometidas 91 con sindicatos provinciales y empresas.
Para la construcción del chalé o chalés, la Delegación Nacional de Sindicatos confería a cada empresa un derecho de superficie sobre el trozo de terreno suficiente, por un período de 50 años. Es decir, que cada empresa conservaba su propiedad durante ese tiempo y como tal estaba obligada a efectuar las reparaciones necesarias, siendo asimismo quien designaba entre sus trabajadores los beneficiarios de cada turno quincenal (desde el primero de junio hasta primero de octubre de cada año).
Veraneo por 15 pesetas diarias. La Delegación Nacional de Sindicatos -a través de la Obra Sindical de Educación y Descanso, responsable de la disciplina interna de la ciudad- tenía que proporcionar a todos los residentes el desayuno, comida y cena (además de merienda a los niños), por el precio que para las ciudades residenciales tenía señalado para toda España y que en 1956 era de 15 pesetas por persona y día.
Durante el resto del año, entre el primero de octubre y el primero de junio, las empresas podían enviar a sus trabajadores por fines de semana o por turnos de temporada, pero en esa caso las condiciones de alimentación habían de concertarse con la Obra Sindical o los restaurantes del complejo.
Tal y como se divulgaba entonces, durante el desarrollo de la ciudad, la Delegación Nacional de Sindicatos aportaba una «fuerte cantidad», la Diputación Provincial de Asturias dos millones de pesetas y los sindicatos y empresas de la provincia construían los chalés. A los dos años de inaugurarse el edificio de la residencia se encontraban en fase de aprobación las instalaciones deportivas y los edificios complementarios, como bares, restaurantes, parque infantil con guardería, iglesia, garaje y almacenes.
Aunque desde los años noventa han venido desapareciendo un buen número de chalés representativos de la ciudad, aún se puede trazar una ruta arquitectónica en la que estudiar los diferentes modelos unifamiliares o pareados proyectados por Muñiz y García, Somolinos, González Villamil, Suárez Aller, Cortina, Negrete y Busto.
El plan anunciado en el año 2007 por la Consejería de Economía y la sociedad adjudicataria del nuevo proyecto para Perlora apenas calificaba unos siete edificios como ruinosos, el resto lo eran a rehabilitar u operativos. La escuela taller llegó a recuperar varios de ellos en los últimos años. Sin embargo, recientes informaciones apuntan que con la nueva previsión, la mayor parte de ese patrimonio, más de dos centenares y medio de chalés se tendrán que demoler. La Administración, suponemos, tiene la última palabra. De momento, Perlora ciudad virtual.”
ASTURIAS
ASTURIAS
El final del verano en Perlora
Algunos empezaron a trabajar allí siendo niños, se casaron y compartieron momentos inolvidables con los residentes. Ahora, los empleados esperan que se despeje su futuro
TEXTO:/MIGUEL ROJO / FOTOS: ARCHIVO HISTÓRICO DE ENSIDESA / PERLORA
NOSTALGIA. Juan Hevia, operario de mantenimiento, observa una fotografía de la Ciudad de Vacaciones en el año 1954. / P. G.-PUMARINO
Imprimir Enviar
Fotos de antiguos veraneantes en Perlora GALERIA DE FOTOS
Si recuerdas algún verano en Perlora, cuéntanoslo FOROS
Publicidad
Fue un verano largo, tanto que duró más de cincuenta años. Pero como todos los veranos, tenía que llegar a su fin. Y ese final ya ha llegado. Todo empezó el mes de julio de 1954 cuando, por iniciativa de la Organización Sindical de aquel entonces, y bajo el impulso del piloñés Servando Sánchez Eguíbar, empezó a funcionar un innovador proyecto: una ciudad de vacaciones en la localidad de Perlora para que los trabajadores con menos recursos pudiesen disfrutar, al menos, de un merecido descanso junto a sus familias en la costa asturiana. Las cuotas de los trabajadores y los empresarios sirvieron para levantar un complejo en el que el buque insignia era la Residencia Jacobo Campuzano, con más de 90 habitaciones. A su alrededor, hasta 273 chalés que, en manos de instituciones y empresas, servirían para el disfrute compartido de trabajadores de toda España. La minería e industrias asturianas fueron las principales beneficiarias del complejo turístico.
Pero para que todo funcionase se emplearon allí camareros, cocineros, responsables de mantenimiento y limpieza, conserjes... En el mayor momento de esplendor de Perlora, en las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado, llegaron a trabajar 220 trabajadores al servicio de los veraneantes. En ocasiones llegaban a atender a la vez a 1.500 personas, que eran tratadas a cuerpo de rey.
Algunos de esos trabajadores empezaron allí siendo niños y allí se hicieron mayores. Se casaron y siguieron trabajando juntos hasta la jubilación. Ahora, el complejo turístico dejará de ser lo que fue y su explotación saldrá a concurso próximamente. Los trabajadores, ahora funcionarios del Principado, serán reubicados en otros puestos. Aquel verano que empezó en 1954 se acaba definitivamente. Cierto es que en noviembre de 2005, cuando el edificio principal fue derribado (aquejado de aluminosis, explicaron), muchos advirtieron ya el principio del fin. «Cuando se derribó la residencia fue como si se me cayera el mundo encima», lamenta casi llorosa Maruja Aparicio Alonso.
Visitantes ilustres
En su memoria, como en la de muchos otros, conserva imágenes de multitud de familias de trabajadores anónimos que pasaron allí sus vacaciones y también el recuerdo de visitantes ilustres. «Vinieron un par de veces los reyes, cuando aún eran príncipes», rememora. También el padre de don Juan Carlos se sentó a 'su mesa' (allí trabajó como camarera primero y como gobernanta después durante 48 años), acompañado de un espectacular séquito. Entre ellos, ministros como Fernández Sordo, López-Bravo o Arias Navarro, siendo ya presidente, entre muchos otros directores de empresas, gobernadores civiles y diputados. De menú disfrutaron de fabes con almejes, merluza con salsa de calamar y arroz con leche.
Desde el año 1958 hasta 2006 aquel fue el hogar de Maruja, y así lo sentía ella. «Era como la casa materna». Allí conoció también a Manuel García Vega, que trabajaba de vigilante. Y la cosa acabó en boda. Ahora ambos están ya jubilados, pero ven con pena el declive definitivo del que fuera el centro de su vida durante tantos años.
Una gran familia
Y es que esa es una idea fija en la mente de todos los que compartieron esos años en Perlora, que identifican con una gran familia a todos los que allí trabajaban. «Cuando se preguntaba cuantos había para comer, contestábamos: 500 y la familia», recuerda Juan Hevia. La primera cifra era la de los residentes de ese día. «La familia», los trabajadores del centro. Hevia empezó a los 17 años a trabajar en Perlora, donde aún hoy se ocupa del mantenimiento. Como otros, piensa que la relación entre todos ellos tenía algo especial. «Ahora nos quedaremos sin nada», lamenta.
Todo son vivencias, anécdotas y recuerdos, la mayoría buenos. Uno tras otro, los trabajadores de Perlora rememoran detalles. Desde aquellos comedores repletos, en los que cada familia tenía asignada siempre la misma mesa colmada de comida casera, con una atención digna de un hotel de cinco estrellas. Junto al edificio principal se construyó otro pabellón a finales de los años 70, con 30 habitaciones más. También había una clínica, servicio de correos para los residentes, bares y chiringuitos que, en un principio, eran atendidos por el personal... Y, como no, la playa. Una pequeña ciudad pensada para que el que llegase, se sintiese como en casa.
A partir de 1974 puede decirse que el desarrollo cesó. El esplendor de Perlora ya había pasado. Tras un periodo de transición, con la llegada de la democracia la gestión pasó primero al Ministerio de Trabajo y, posteriormente, al Principado de Asturias. A partir de ahí, bien por la falta de rentabilidad o bien por la falta de inversiones, todo se fue deteriorando. Luego se derribó la residencia, se anunció el cierre y la puesta en marcha del concurso de explotación.
«Cuando cayó la residencia no pude evitar llorar», recuerda Amador Martín, uno de los conserjes del complejo, que antes estuvo doce años de pinche de cocina y otros 14 de vigilante. En total, 36 años en Perlora. Y también se casó en la ciudad con Brígida Espeso, empleada a su vez del complejo.
Los trabajadores que restan por irse o jubilarse, ahora huérfanos de veraneantes, siguen siendo funcionarios del Principado, así que suponen que serán reubicados en otros puestos. Pero lejos de casa. «Lo más cerca será Gijón, Oviedo o Avilés. Pero no es sólo eso. Yo llegué aquí con 16 años y ahora tengo 53. Cuando tenga que irme... será muy duro», se teme Martín.
Ellos son sólo unos pocos. Muchos otros trabajadores no quisieron hablar, o no pudieron. Virgilio, Pepita, Luisi, Julio... Pero a todos ellos les une un dolor común, que es el de ver cómo se acaba un pedazo de historia. Si alguna empresa se interesa por el complejo, seguramente la Ciudad de Vacaciones de Perlora resurgirá. Pero ya nada será lo mismo. Ni los residentes, ni la familia. MÁS IMÁGENES EN:
www.elcomerciodigital.com